Un viaje capital
1 de junio del año 2014
I.Lágrimas de Omkem y
piojos en la cabeza
Me levanté a eso de las 4h00 con
los trinos de pequeños pájaros madrugadores. El viaje empezó el día anterior
con los preparativos y éste con las lágrimas de Omkem que también quería ir a
Lima. En el aeropuerto, mientras caminaba por
el Dutty free, un pelilargo,
flaquito pasó a mi lado. Algo me decía que era alguien importante, así que
luego de unos minutos de estupor giré y caminé hacia la sala de embarque. Afiné
mi atención para ubicar al personaje, ahí estaba tomando un ascensor para ir a
la sala vip. Era él, definitivamente. Solo lo miré en el transcurso de ese
abrir y cerrar de la puerta del elevador. Me contenté con ese cruce inesperado
y fui hacia la sala de los comunes pasajeros. Luego me di cuenta que en ella no
estábamos (je, je) solamente comunes, sino ciertos especímenes algo especiales.
En el bus que nos llevaba al avión hablaban de un bar, de un mal músico, de
acústica y demás términos musicaleros. Asocié con el encuentro anterior y claro
concluí, al escuchar su acento, que eran argentinos, y no cualquieres
argentinos, sino los músicos y técnicos de la banda de Fito Páez.
Entonces me puse algo nerviosa,
me vino esa energía adolescente y me subí al avión bastante intranquila. No
eran cosquillas en la panza, sino piojos en la cabeza. Me senté en la fila 18 a
la espera de que él pase en algún momento y se siente ojalá a mi lado…el equipo
estaba dos filas detrás, se veían sencillones, hablaban alto y conversaban de
los diferentes género musicales latinoamericanos y de la posibilidad de
encontrar salas de fumadores en los aeropuertos. El vuelo estaba lleno. Un poco
antes de que se cierren las puertas del avión vi unos pelos irreverentes en un
cuerpo flaco vacilante. Entonces, como en contracorriente y con la agendita
quinceañera para el autógrafo, fui al lado del camino a saludar al maestro. Lo
sorprendí, estaba solo. Lo hice en silencio para cuidar su anonimato. Me miró,
le pasé la agendita, me miró tiernamente y me dijo: - disculpáme, que estoy
recansado, cómo te llamás?- Y firmó. En vez de hablar del Yasuní, la consulta
popular propuesta por Yasunidos, de contarle algo, o de lanzarme al cuello, le
pregunté del concierto. – Maravilloso – dijo. Eso fue todo.
II. Romance entre las dunas y el viento
Volar sobre las montañas, sobre
las mil y un cordilleras; rojas, azules, verdes y todos los ocres, es
impresionante. No sé si son ellas las que se alzan hacia las nubes o si son las
nubes, atraídas por su belleza y desasosiego, las que llegan, se posan en ellas
y simplemente pasan.
Gigantes de arena, de roca…caras,
texturas como ropajes solitarios, quietud, grabados silentes…en las laderas
empieza a dibujarse el verde, como brazos, como alas que desembocan en el mar.
Rojo fundido con esa luz tenue de sol, me aluscinas! Veo como la arena migra
dejando rastro, las huellas del viento y ese romance infinito. Por un lado la
arena volátil y por el otro, el agua azul cielo, absolutamente hermoso.
Es como si entrara en el centro
de la Tierra a alguna de sus capas
ocultas. El viento y sus dibujos? A qué Dios se le ocurriría esto? La arena y
su locura!
La aridez se conjuga con el agua
y los rasguños del viento con sus bailes. Aun ni siquiera me bajo del avión y
estoy feliz, no por Fito, sino por este sobrevuelo a las dunas pelirojas,
aruñadas por el viento rebelde.
Las consabidas nubes protegen a
Lima, la impredecible. El puerto del Callao y el parque industrial irrumpen
abruptamente la calma de aquel romance.
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